Recuperado del accidente doméstico sufrido el pasado mes de enero, el actor Miguel Ángel Solá estrenó el 8 de marzo en Madrid -junto a la actriz Blanca Oteyza- “Por el placer de volver a verla”, una obra que habla de la satisfacción “de comprobar que la realidad y la verdad no son la misma cosa”.
La obra, que debió estrenarse el mes pasado, llegará al teatro Amaya de Madrid y permanecerá hasta el 2 de mayo con funciones de miércoles a domingos.
“Por el placer de volver a verla” es una pieza de emociones, sensaciones y sentimientos, cuyo tema central nos habla del amor materno. En ella el actor argentino encarna a Miguel, un reconocido autor teatral que, sin prejuicios ni miedos, cuenta la importancia que tiene en su vida, Nana, su madre; una mujer obstinada, luchadora, inteligente e infatigable encarnada por la actriz española Blanca Oteyza.
Manuel González Gil, que ya trabajó con Solá y Oteyza en “El diario de Adán y Eva“, dirige esta obra basada en el libro homónimo del escritor francés Michel Tremblay y adaptada por los propios actores y el director.








Ya he visto dos veces la obra y espero poder verla muchas veces más.
Manantial de talento, de sinceridad, de intimidad, de calidad…
Dos actores inimitables que, como siempre que se suben justos a un escenario, generan una cantidad de magia y de amor tal que uno no sabe cómo agradecerlo desde la butaca.
Van a estar en Madrid hasta el 2 de Mayo, y les recomiendo que no se la pierdan, por que son pocas las oportunidades que tenemos de ir al teatro a recibir tanto por tan poco.
SIEMPRE SE VUELVE AL PRIMER AMOR
Existe en nuestras vidas un ser inolvidable al que siempre añoramos, un ser al que deseamos retornar y que nadie puede jamás equiparar. Ese otro inolvidable, nos enseña Freud, es la madre, nuestro primer objeto libidinal, nuestro primer gran amor. Pido disculpas por el uso de la jerga, pero a menudo así pensamos los psicoanalistas. Esta obra de teatro maravillosa, simple y compleja, nos invita a descubrirnos como padres y como hijos, porque en esta pieza volveremos a ser niños y llegaremos a adultos, y todo el tiempo vamos a darnos un chapuzón placentero en el océano de aquel primer gran amor que nos marcó, que nos hace ser quienes somos, que nos hace amar como amamos. En esta obra estupenda acompañamos a Miguel adulto, un hombre realizado en su profesión, y lo vemos metamorfosearse frente a nuestros ojos en el niño que una vez fue -un niño con toda la fuerza creadora, la rebeldía y la curiosidad irreverente y hasta insolente de la infancia, pero también con los elementos en potencia que lo harán un artista cuando mayor- y lo vemos desplegarse y madurar en la cotidianeidad, en el delicioso contrapunto doméstico con su madre, una mujer que a pesar de ser un personaje muy único -dramática, estrafalaria, y propensa a los extremos-, no sólo es la aliada solapada de su hijo, sino que encarna a todas las madres. Lo que es inigualable es que la interpretación que de Nana hace Blanca Oteyza, logra evocar -en su adorable singularidad- una amalgama de todas las madres posibles: las dramáticas y las sobrias, las expansivas y las reservadas, las soñadoras y las racionales. Nana, con todas sus idiosincrasias, convoca un retrato de una madre que es “la” madre. Los actores, con un talento magnífico, trascienden la caja del escenario y la expanden al tiempo que nos transforman apenas con un gesto, un cambio en la voz, una mirada, una respiración. Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza dilatan esa caja mágica al infinito con inteligencia y corazón. Cinco minutos dentro de la función y ya se disparan los recuerdos de nuestra propia historia. El triunfo de Por el placer de volver a verla radica en la habilidad con la que universalizan lo particular. Nos conmueven, nos hacen reír a carcajadas, nos despiertan recuerdos olvidados, nos emocionan y nos vuelven mejores personas, nos revigorizan, nos hacen sentir agradecidos y afortunados de haber rescatado del letargo de la apresurada vida diaria un poco de nuestra vapuleada sensibilidad. La actuación de ambos es magnífica, elocuente, renovadora. Y la función una celebración del buen teatro, y, al salir de él no somos los mismos que al ingresar; porque esta obra de teatro es generosa: nos enaltece. Una obra que placentera, llena de amor, que nos deja con ganas de volver. Como una buena madre que nos ayuda a ser lo que seremos. Asegúrese una butaca y volverá a verla.
Patricia Gherovici (Escritora. Catedrática. Psicóloga. Filadelfia. EEUU)
Cuando se apaga la realidad y se encienden las luces, la magia del teatro se adueña. El actor y la actriz, van ganando terreno, imponiendo su presencia hasta dotar de sentido al escenario. El texto va ganando al espectador. Su sonrisa primero, su risa luego, y un estado de alerta permanente, porque algo que no está pasando ha de pasar. Hay una puesta en escena inteligente, plagada de matices, sutiles y rotundos. El patio de butacas, el teatro todo, va agigantándose con la obra. Un espectáculo brillante, conmovedor, y, de tan sencillo y singular: inteligente. Un espectáculo de esos que multiplican público, que amasan público, que crean público, que dejan el listón demasiado alto para los entendedores de tres al cuarto que abundan y abusan del teatro, porque el teatro no les impone pelotón. El espectáculo no acaba cuando las luces y los aplausos se apagan. Se propaga. Las sensaciones siguen bullendo en el cuerpo; y el texto -el dicho y el no dicho-, hace carambolas en la mente evocadora, y se traduce en la necesidad de madre viva y a mano, y en la de ser hijo escribiéndole la propia obra pero plagiando ese mismo final. Ser actor, y autor, y tenerla a gusto todas las noches posibles, así, jugando a revivir, siendo generoso, amable, singularmente hijo. Hijo maravilla, hijo dios, hijo feliz. Nos fuimos, profesionales todos, y todos con veleidades literarias, con esa necesidad de ser mucho más. Hablamos de la obra, pero, por momentos, se instalaba en nosotros este milagro de estar vivos gracias a ellos, madres-padres, aguantándolo todo, dándonos todo, ayudándonos y protegiéndonos de todo. Con sus más, con sus menos, hasta con sus menos que menos. Nosotros, espectadores habituales de teatro, llegamos a la conclusión de haber asistido, cómplices, socios, a uno de esos milagros que aportan la inteligencia y la sensibilidad. Silvia, una de los Siete Magníficos (eso somos desde hace quince años de amistad), dijo que la obra tiene sentido porque uno se lo da, pero que, al mismo tiempo, se percibe la existencia de otros sentidos a los que el inconciente se adhiere como lapa, como deshidratado a un oasis, o al espejismo de ese oasis, que invita al sediento a dar más de sí para llegar. Y yo me largué a llorar como una criatura. No sé qué de toda esa frase me conmovió, pero luego la asocié a algo que ella, la madre, dice sobre el final: -Morirse es una estupidez- El posterior estado de todos lo fuimos achacando al Rioja que nos martillaba en las venas. Pero los siete coincidimos, y no solemos hacerlo, antes y después de la cena, que ese espectáculo proyecta una sensación de poder ser distintos. Y nosotros, espectadores, nos acercamos (o creímos acercarnos), a esa visión, hasta recrear la nuestra propia. Necesidad de sentir más la vida y esa maravillosa pretensión de poder ser algo más que lo que se es; aunque sólo se arañe, aunque sólo se acaricie, aunque sólo se olfatee de uno la esencia más diminuta, ésa que se quedó en brazos de mamá. Alberto Calvero. (por los Siete Magníficos).
AMAMANTÁNDONOS. 29 de marzo de 2010. Teatro.
Silencio. Semioscuridad. Un señor va a contarme un cuento. ¿Me gustará? ¿Tengo ganas de oírle acaso? No, no las tengo. No es su culpa. Ni la mía. Ya empieza.
¿Qué hago aquí, escuchando a ese señor sin escucharlo? Mi cabeza está llena de la enfermedad de la madre de Alba, y de la voz de Alba, mi amiga, la que más amiga es, que me describe por el móvil ese terror que se le alojó en el pecho y que no puede calmar. Así entré a esta sala, y así odié a ésta sala por pedirme desconectar el móvil con insistencia. Me voy. ¿Qué hago sola en este teatro, sin mi amiga que se quedó pasmada en su casa deshecha por la novedad que le asaltó dos horas antes de nuestro encuentro? ¡Esclerosis múltiple! ¡Qué nombre horrible para algo que se va a llevar la brillante vida de Matilde y su belleza al más oscuro de los sótanos! Matilde y su agudeza, y su don de gente, y su bondad y su solidaridad a toda prueba, va camino a la desesperación y a la derrota; y yo, aquí, en el teatro, viendo qué sé yo qué sin ver, oyendo sin oír, a un señor, ni guapo ni tampoco, que dice tener ganas de contar algo que para él parece ser muy importante. El gris oscuro se ciñe a su cuerpo pasado de kilos, no tiene glamour alguno, sólo el brillo de sus ojos y una sonrisa sufrida que se escora hacia la izquierda, hacia el micrófono que me molesta bastante así tan a la vista, y que, ¡no lo es! se trata de una cicatriz, que le cruza la mejilla y que, descubrirla, me ha entretenido hasta perder el hilo conductor del cuento que me cuenta ese señor que impone un enorme silencio en la platea, y, por lo que observo a mis lados, caras sonrientes, esperanzadas de pasarla bien. No he conectado aún con él, ni pongo voluntad de mi parte, espero que me atraiga. No sé qué anuncia que va a pasar. Su mamá, eso, acaba de presentar a su mamá… ¡¡¡¿Eres tonto?!!!, es lo primero que le escucho decir a la mujer, y el señor se tapa asustado con una manta oscura, se sienta en unos cubos a modo de camastro y su voz toma un tinte agudo, y grita contento, feliz ante el insulto: ¡Mi mamá!… Es lo último que recuerdo de mi enojo, porque, a partir de ese momento, mi madre, la de Ana y su dolencia feroz, y la madre de mi madre, mi abu, acudieron a mí, se sentaron en esa butaca vacía de Ana y me hicieron compañía hasta acabar el espectáculo. Un gran espectáculo -hecho con nada más que inteligencia emocional, tranquilidad de espíritu, cuentas saldadas, amor y alegría expresa de haber sido para el otro y con el otro- se adueñó de mí, y me arrastró hasta elevarme y sentir mi vida y todo lo que me rodea como un viaje fecundo y alucinante. Soy una voraz lectora, leer me gusta más que el cine y, por supuesto, que el teatro. Hasta antes de ayer, hasta: Por el placer de volver a verla, que hizo conmigo lo que el mejor de los libros. Debo pedir disculpas al señor Solá por haber dejado que el comienzo de la obra me pasara por delante sin entenderlo, y por juzgarlo así, tal cual lo conté, sin atractivo, como miro a un señor ya mayor en la calle, sin pena ni gloria. Era mi tristeza, el desencanto con el que entré al teatro. ¡Qué lección me dio! ¡Qué señor actor! Debo agradecerle a Blanca Oteiza: el torrente implacable de amoroso sinsentido y su calor humano; su ampulosa entrega representando ser quien es; y el terremoto de fotos recuperadas de los álbumes de mi corta vida, pero mi vida entera, (cumplí en el teatro Amaya los veintiséis), y cientos de imágenes plasmadas en papel, antes del vértigo digital, A ella, sencillamente le agradezco haber sido la madre de Ana, mi madre, mi abuela, la madre de cada amigo y amiga que me puso un caldo o un bocadillo en noches de estudio e insomnio; a ella, que, sin nada más que su amor expuesto, me devolvió una memoria que no pasará a la Historia, pero que dibuja mi historia, la del crecer. ¡Vi tan claro! ¡Oí tan profundo gracias a ella! ¡Comprendí tantas cosas incomprensibles sin haber sido madre, antes de serlo! ¡Y sin decir nada más allá que las diez cosas que ponen en juego las madres en su desesperación; cosas que no dicen lo que dicen, pero que sienten más allá del pasado y del futuro, con esa carga de llevar la historia a un destino incierto, frágil, a veces sin consuelo, con la única intención de seguir adelante, con la casa a cuestas, el amor a cuestas, el dolor a cuestas…! Esa obra, tan sencilla como respirar para cualquier persona sana, ¡me demolió y me reconstruyó! Riendo y llorando. ¡Lo más complejo puede ser tan simple!, y ¡tan contagioso en sus tesoros más escondidos! ¡Qué teatro tan bonito, tan sencillo, tan claro, tan gozoso, tan seguro de sí, vi anteanoche!
La música, los colores en juego, y ese “sonido de lo que decían” que no eran palabras hilvanadas, sino “nanas” -benditas nanas que ya nadie me canta y por las que clamaré a mi abuela de aquí en más-; territorios protegidos que se acaban al pasar la frontera, al ser mundo como cualquiera, ya nada especial, ya un poco nadie para todos…
Volveré. Con Ana. Y con mi madre y mi abuela. Y con Matilde. Algo me dice que, antes de la gran pelea, necesitará que le hablen como esta obra me habló a mí. Del tiempo, de la memoria, de la presencia que se impone a la ausencia, del milagro, el único y verdadero, de haberse encontrado, de haber coincidido, de haber aprendido a ser juntos. De haber entendido. Nos iremos yendo, público y actores; quedará la obra: amamantándonos, pensé.
M. T. A. T. Madrid.
Excelente. Preciosa obra,generosamente bien interpretada. Qué bien nos hizo a mi hijo y a mí estar allí, j untos. La recomiendo. La recomiendo. La recomiendo. Ya soy incondicional de esa propuesta. Volveré a verla cuantas veces la vea anunciada. Gracias, Héctor, por haberme aconsejado ir con Pablo. Qué noche más bonita. El Quijano, de bote a bote, y los amigos y los no tanto con cara de haber visto un ángel. Gracias, gracias, actores, técnicos y Ayuntamiento, habéis acertado todos. Desde Ciudad Real, María Luisa
A mi madre la quiero con toda mi alma. Acabo de ver la función, y con toda mi alma digo que así quiero a mi madre. Y que soy feliz de haber venido al teatro por primera vez en muchos años, hoy, en Torrelodones. Y que entre ese mar de gente con la emoción suelta como yo, en lo único que pude pensar es en mi madre y en lo que le he hecho sufrir y en las alegrías que le he dado. Y que, aquí en casa, sigo besando su foto. Madre mía de mi corazón, te adoro. Lucía.
Gracias, María Luisa por insistirme tanto, Besote a Pablo, que parece de hormigón, pero a las pruebas me remito; es un pan de Dios.
Porque una madre es una madre
Nada más cierto que una madre quiera explicárselo todo, todo, todo, a su hijo de once años, incluso aquellas cosas que no entiende pero de las que sabe cómo hacerse la escurridiza para dejarle satisfecho.
Así es la madre de “Por el placer de volver a verla” de Michel Tremblay, una cosa tan asombrosamente tierna que da pena que se vaya del escenario y se convierta de nuevo en Blanca Oteyza.
En esta obra se tiene en cuenta sólo lo que es más auténtico en el hombre, esa pasión por amar de verdad. La obra de Tremblay es un mentís a los ajustes de cuentas que muchos artistas han realizado con sus progenitores, como el caso de Jules Renard y su “Pelo de zanahoria”, o la “Carta a mi madre” de Georges Simenon, en la que el escritor se lamenta de haber recibido todos los elogios del mundo por parte de los extraños, pero nunca de su propia madre; o la tristeza de Paul Auster hablándonos de un padre de pedernal en “La invención de la soledad”.
Tremblay nos lleva a un punto donde todos convergemos: la madre es insustituible, no por unas virtudes específicas sino por ese lazo invisible de pertenencia con su hijo, que el parto no logró desligar. Solá y Oteyza son la pareja de actores más importante del panorama iberoamericano. Solá tiene tanta verdad en el arranque de la obra que rompe la ligera membrana de la magia que separa el arte de la realidad.
El espectador se ríe con esta comedia de verdades no tanto por las muescas de humor de la obra, sino por la verosimilitud en la interpretación de los actores. Anna Caballé cuenta que el escritor Albert Cohen se desesperó cuando su madre murió en Marsella bajo la ocupación nazi, mientras él estaba inmovilizado en Londres. Como no puede acompañarla en sus últimos momentos, escribe “El libro de mi madre”, donde vuelca todo su desconsuelo por la pérdida. En cambio, Tremblay nos puede traer de nuevo a la madre fallecida, gracias al sortilegio del teatro.
La obra acaba de terminar funciones en Madrid y empieza a hacer “bolos” por toda España, atentos.
Agustín Guzmán del Buey
¡Qué buen ensayo sobre Por el placer de volver a verla el de Guzmán, función que he visto en Bilbao y en Madrid. Soy amigo de Patricia, y la considero una de las grandes investigadoras de la conducta humana en toda América del Norte, y me llama la atención la categoría de pensamientos que despierta, entre lo que dice y lo que calla y sugiere, una obra tan sencilla. Aclaro que me encantó, pero no me disparó el pensar, sino los emociones. Los que aquí escriben, llenan de e ideas esas emociones y las aclaran o profundizan, debe ser muy halagador para quienes crearon la función. Ahora, que me disculpe Patricia; su escrito es magnífico, pero me ha conmocionado Amamantándonos. Y también esta joven Lucía y su grito de amor por su madre. Le enviaré a Patty una copia de Amamantándonos y opinará lo mismo que yo, o la analizará desde otro punto de vista y escribirá, quizás, sobre Amamantándonos en esta web. Habéis logrado una página inteligente y sensible, a base de invitar a la inteligencia y la sensibilidad. No es un hecho común, ni en las webs, ni en España. Gracias. Alberto
Todavía resuenan en mí la emoción y admiración por la función que disfruté en Santander. De vez en cuando miraba al público y más me convencía de lo que siempre he pensado: es el racimo de gente el que hace que el teatro se convierta en una especie de templo y en una experiencia espiritual. Nos sentía en una misma sintonía, en un mismo núcleo de espíritu y energía, y recorriendo los caminos que los actores nos invitaban a conocer, atentos a lo que ellos tenían que contarnos, invitándonos a despegar la mirada del propio ombligo. Porque eso es lo que logran: una vivencia colectiva, intuitiva, emotiva y sana. Creo que de eso se trata; estamos tan enfermos de nuestra propia historia que no confiamos el alma a nada ni a nadie. Pero esta obra lo señala, lo deja en evidencia, y hace que abramos el alma y la conciencia, y es por eso que hasta el cuerpo de uno se alivia en el momento en que Nana acepta su nuevo final -el de aceptar cada noche un final de no dolor, de no angustia, de no enfermedad que mata- conciente de los aplausos que se le brindan y vibrando en la luz final porque en veinticuatro horas le ha de ocurrir algo parecido. ¡Qué solos y ansiosos deben sentirse esos dos personajes en los días de descanso de la compañía, y qué necesitados de nosotros, el público, para que el rito se repita! Señora Oteyza, señor Solá: cuanta más luz se genera más sombras se atraen, y, seguramente más de uno les mirará torcido y, quizás, ni quienes les aplaudimos seamos concientes de lo que está sucediéndonos en el momento de la función y cómo nos ha afectado con el correr del tiempo. A mí, que les admiro desde hace tanto, me llevó varios días poder comprender cuánto me había afectado y transformado esa historia que se escapa como agua entre las manos del conciente, pero que se deposita para siempre en la piedra basal de la memoria. Espero no haberles aburrido; simplemente me surgió esto al saber que ellos trabajarían en mi ciudad. Ya tengo mis butacas para el día 10. No esperaré a la salida por autógrafos, pero les querré siempre. Fer
Acostumbrados como estamos al estrépito del insulto, el menosprecio, la traición admitida como normalidad, la mentira, la perversidad, la política del reírse del disminuido, del pobre, del más pequeño, del menos fuerte, puede parecer hasta antigua, Por el placer de volver a verla, una obra de televisión en blanco y negro, o con censura. Pero lo público y lo privado revisten ciertas sorpresas. En el ámbito privado, mi vida, hasta los veinte y pocos, se desarrolló entre seres más parecidos a los de la obra que a los de la realidad televisiva. Seres de carne y hueso y corazón y besos y achuchones. Seres del alma. Y el problema es ése: esta función transcurre en el terreno de la felicidad compartida. Nadie pelea aquí para ocupar un espacio que no le pertenece, por trepar a una fama inmerecida, ni recibir un premio a la nadería. No hay amenazas, ni amedrentamientos, ni imposiciones, ni salvajadas ‘normales’. Ni en el principio, ni en el medio, ni en el fin de la obra, suceden las horrorosas ‘normalidades’ con las que la vida nos despierta y duerme todos los días, aplicándoles un código de atenuantes dentro de la “norma normal” a seguir. Aquí ganan todos, los personajes y los espectadores; dije: ganamos todos. ¿En qué? En comprensión. No hemos vivido en vano. Hay obras de teatro en las que se te obliga a pensar, y hay obras de teatro en las que se te obliga a no pensar. De este último tipo podemos distinguir las que no te dan nada a cambio de las que, a cambio de no pensar, te ofrecen actividad emocional, y esa actividad emocional tiñe el todo de sensaciones inexplicables. En el momento, inexplicables. Te remueves por dentro, presintiendo, intuyendo, liberando cargas, yendo hacia donde van los que cuentan la obra. Luego, al terminar, cuesta decir algo de ella. Aplaudes, suspiras, tragas sal, sonríes bobamente. El mundo enorme de las cosas pequeñas se evidencia de tal manera, que pagarías por estar sola. Algo pasó, algo sigue estando. Yo no sé exactamente qué me sucedió con Por el placer de volver a verla. Estuve allí, pero no era yo hoy, sino yo en un tiempo en que creía en Dios, y en la hadas, y en el amor a toda prueba. El tiempo me borró a toda la familia y tuve que aprender a creer de otra manera. A eso se le llama crecer. Cambié comidas, bebidas, lecturas, hábitos, me enredé en tantas cosas que la vida terminó siendo otra a la fuerza. He vivido esa vida muy bien, no me quejo. Pero apareció Por el placer de volver a verla, y volvió mi blanco y negro. Nostalgia. Ha sido eso. Me envolvió la nostalgia. Y la necesidad de recuperar ese tiempo feliz e innombrable de Isabel y amigarlo con esta Isabel que soy hoy. Nostalgia y ganas de escribir. Disculpar. Isabel.
Es la primera vez que no me duermo en el teatro. Mucho me temo que me haya vacunado. Cada vez que a mi mujer se le pasa por la cabeza ir al teatro yo busco excusas que a veces no encuentro, porque me asalta de improviso mientras ando distraído pensando en otra cosa y la excusa que doy no cuela con nada. Ella está empeñada en curarme del sueño que me provoca el teatro llevándome al teatro, cuando a mí con un par de cañas y algo bueno que pongan en la tele me basta y me sobra. Pero tengo que reconocer que me ha vacunado, porque ayer no sólo no ronqué en el teatro, sino que hasta me ha visto llorar y mucho. Y cuando me preguntó preocupada: ¿quieres que salgamos, mi amor? y le contesté que no, me di cuenta que sonreía de oreja a oreja. Me ha vacunado, pensé. Para colmo, al finalizar la función me vio aplaudir mucho y con entusiasmo. Más tarde, tapeando, cada vez que recordábamos algo de la obra a mí se me nublaban los ojos, y ella sonreía y, para disimular me acariciaba la mano, como un tic. Recordábamos, yo me emocionaba y ella sonreía y me acariciaba la mano para que a mí no me cortara su sonrisa. Pero eso podía enfadarle al Ángel que entró con ella al teatro, no a éste que estaba hecho una gelatina. ¿Qué me pasó con esa obra? De todo, pero nada que pueda poner en palabras y que alguien lo comprenda. Sé qué me pasó pero no sé contarlo. La obra me gustó. Y los actores son muy raros porque te hacen reír pero te hacen llorar como si nada. Y yo no me veo llorando. No me gusta que me mire nadie cuando lloro. Y mi mujer me miraba a mí más que a la obra. Más tarde, en casa, nos dio un ataque de ternura que terminó fenomenal, como nunca. Nos queremos mucho, pero ayer fue de agenda, para no olvidar. Porque nos dijimos cosas que no puedo repetir, pero que las pienso y se me nublan los ojos como en la obra, pero de mí felicidad propia, la de mi vida. Y hoy, los dos charlando, decíamos lo mismo porque habíamos estado pensando en lo mismo: en todo lo que nos queríamos y que por qué no nos lo demostrábamos con esa intensidad siempre, pero ninguno sabe por qué. Leti dijo, que era miedo a la muerte. ¿A qué?, le dije yo, ¿a morirnos de amor? No sé, por si uno deja solo al otro, dijo ella. Y nos quedamos callados, pensando. Luego nos abrazamos. Después el día transcurrió normal, pero mejor, no sé cómo explicarme. Llevamos siete años juntos y nos queremos y nunca nos hemos faltado, y nos ha ido, juntos, mucho mejor que cuando no lo estábamos. ¿Qué ocurrió ayer? Que quizás nos dimos cuenta que, por primera vez en mucho tiempo, sentimos que a los dos, al unísono, nos había pasado algo parecido, inexplicable, que yo resumo en un: trata a la gente como quisieras que te traten a ti, y si no tienes nada interesante que decir, no digas nada. Y pienso y Leti también, que ayer ellos se trataban y nos trataban como les gustaría ser tratados. Y que tenían cosas interesantes que decir, por eso no callaban. Y que nosotros, todos los que estábamos allí en el teatro, en el tiempo que ellos hablaban no teníamos nada interesante que decir y que nos gustaba ser tratados así, y que así se trataran entre ellos. Parece un trabalenguas lo que estoy intentando decir, pero es que, ayer, a Leticia y a mi nos pasó algo no normal. Ella me vacunó de mi falta de interés por el teatro, y yo le toqué el corazón como nunca nadie se lo había tocado, me dijo. ¿Cuánto habrá tenido que ver esa función?, y, ¿es el propósito del teatro que nos pasen cosas cuando el telón ya ha bajado y el tiempo ya es otro? No lo creo, ellos son actores nada más, que repiten un texto y luego del aplauso se irán a comer con sus compañeros. O a su casa, porque son marido y mujer, y al día siguiente otra vez lo mismo, a hacer llorar y reír a otro por lo mismo. ¿O no? ¿Qué es el teatro? ¿Qué función real cumple? Aquí pasó algo que no puedo entender por más que le doy vueltas. Pero lo voy a descubrir, de eso trata el efecto de la vacuna me parece. Bueno, he leído la página, las opiniones, buscando la respuesta, pero no. Esto está lleno de otras preguntas, propias de cada uno. Parecidas, pero no. Hay quien escribe muy bien aquí. Eso sí: hay un impulso común en todos que debe provocar la obra: ganas de escribir, como bien dice Isabel. Nunca me pasó eso tampoco, ni con el teatro ni con nada. Sólo con Leti, cartas de amor, pero sin lágrimas, para hacer risas, cartas de humor más que de amor. Ya estoy divagando; sólo digo que hay algo más detrás del teatro y que lo voy a descubrir como que me llamo Ángel. Qué bien escribes Isabel.
`POR EL PLACER DE VOLVER A VERLA´: LA PALABRA HECHA EMOCIÓN Hablemos de teatro. Hablemos de emociones. Hablemos de buenos actores. Hablemos de un texto tierno, amable y de una sencillez extraordinaria. Hablemos de un espectáculo `desnudo´ en el que sólo son protagonistas el texto, los actores y el público expectante que desea seguir viviendo las vidas de otros. Todo eso es Por el Placer de Volver a Verla, un montaje que vuelve a reunir en escena a esa pareja formada por Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza que tantas alegrías dio a los espectadores españoles y argentinos hace unas cuantas temporadas. ¿De qué trata este reencuentro? Trata de un autor de teatro que decide evocar a su madre desaparecida en su nueva pieza teatral. Así, podemos conocer como era la relación entre esta madre y este hijo a lo largo de los años. Solá brilla en escena encarnando a este hombre que quiere revivir el mayor amor de su vida: su madre. Una madre que encarna Blanca Oteyza en el que quizás sea su mejor trabajo visto en España. Sorprende la versatilidad que la lleva de la pasión por el teatro al amor por su hijo. Y es enorme su transmisión de lo que pudo haber sido su último aliento. Sin duda alguna, encarnan una pareja escénica de excepción como pocas veces se puede ver en escena. El texto transita por las emociones vitales. De la risa al llanto hay solo un paso: la misma delicada línea que separa la vida de la muerte. El público se entrega deseoso, ante un texto que toca la fibra más sensible, a experimentar, a vivir las verdades paralelas que nos plantea el teatro.
LO MEJOR: LA VERDAD DE SOLÁ Y OTEYZA EN ESCENA.
LO PEOR: NO SABRÍA PONERLE MUCHAS PEGAS.
VALORACIÓN: * * * * *
CARLOS RIVERA DÍAZ
Nuestra crítica de La Tribuna de Toledo ha publicado esta crítica con la que estoy completamente de acuerdo y quiero compartirla con todos vosotros:
EL PLACER FUE MUTUO. Por Cristina Martínez. Hacía tiempo que la que justo arriba firma no reía y lloraba -casi al mismo tiempo- sentada en la butaca de un teatro. Hacía tiempo que no contemplaba un montaje en el que los sentimientos jugaran con tanta facilidad, en el que los tiempos se sucedieran en el momento, sin ensayos ni mediciones. La pieza ‘Por el placer de volver a verla’ fue la causa de tan controvertida recepción porque de la carcajada se pasaba al nudo en la garganta como quien anda sin conciencia. Magistralmente interpretada por Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza, la versión realizada de la obra de Michel Tremblay es digna de tener en cuenta en cualquier lista de aficionado al teatro que se preste. Porque es esencial, entrañable, emotiva, divertida, fresca y nostálgica. Pero, ante todo, reflexiva. Reflexiva como debiera ser el teatro. Y puesto que el autor es actor y ambos están vestidos en la piel del actor argentino, se entreteje la vida, lo cotidiano, la literatura, las musas y, claro está, el teatro. Todo para instar al placer de volver a ver a la persona ausente, a la persona amada. En este caso a la madre nunca olvida y presente en la realidad del hijo a cada momento. Se ríe, se piensa, se escucha y se llora. Y se hace con el mayor de los placeres, con la mayor de las complicidades. Porque una madre es, cuenta el escritor-actor-maestro de orquesta, universal, única, dramática, divertida y original. Porque un hijo es irritante, rebelde y conquistador. Porque las relaciones entre madres e hijos/as es tan irrepetible y, a la vez, tan cotidiana que es imposible volverse de espaldas. Y así la obra funciona como un reloj y evoca en cada receptor los sentimientos más contradictorios, como lo son estas relaciones. A veces divertidas, otras desesperantes, a ratos insistentes… La realidad de las casas, de la infancia, de las tías y las comidas semanales, las preguntas incontestables, la paciencia compartida, secuencias exhibidas, sobre la escena, con una frescura en la que no faltan los momentos de reflexión comunitaria ni los instantes de silencio. Quizá no funcione igual con otra pareja de actores, ni con otro director que no sea Manuel González Gil, pero seguro que funciona siempre a las mil maravillas con distintos públicos. Por lo que la fórmula se sustenta, y justo es aclararlo, en un equipo que sabe de lo que habla cuando habla de escena y de palabra. Fue un placer para los presentes y un inmenso honor haber conocido a la madre -como la madre de los presentes- de un autor que encontró su musa entre sábanas tendidas, bancos al atardecer y lunas de media noche. Por una noche ganó el teatro, y fue en el Rojas. Ya lo auspiciaba Miguel Ángel Solá al inicio de la obra.
Nunca han de saber estos dos grandes actores lo que se siente viéndoles y oyéndoles. Es algo que sin duda el teatro les adeudará. Pero, nosotros, vuestros espejos, queridos Oteyza y Solá, os reflejaremos siempre, pálidamente tal vez, pero con todo el cariño que os corresponde, esa alegría que contagia, esa lágrima que aligera de deudas el alma. Estela.
Rafael
Excelente interpretación y una obra que nos exige darnos más a la ternura, a la atención, al honrar la vida desde los lugares que uno se atreva a atesorar. Yo mantengo una relación muy parecida con mi madre; ella y sus ochenta y tres aún me dan batalla, preciosa batalla. Faltará alguna vez, pero nunca faltará. Entiendo al autor, entiendo que decida inmortalizarla. Qué manera original y dulce halló. Enhorabuena.
Buenas butacas, buena obra, buenos actores, buena compañía, buena cena, buena conversación, buen clima, buena caminata, buen festejo de la noche, buenos días. Momentos de un tiempo feliz. No está mal para la primera noche de mis cincuenta, nada mal. Ezequiel
Puedo desearos que se llene el Borrás. Puedo desearos que la recompensa por vuestro trabajo sea inmensa. Puedo desearos que la prensa oral visual y escrita os trate con más tino y espacio. Puedo desearos que la fortuna se os presente de golpe. Y que Barcelona se os rinda y se os brinde. Pero, aunque el Borrás no se llene; ni la recompensa a vuestro trabajo sea la merecida: inmensa; ni el tino ni el espacio de la prensa os acompañe como debiera, ni la fortuna se os presente de golpe, ni Barcelona se os de; yo os doy mi cariño, mi corazón, mis risas y silencios, mi respeto, mi alegría de veros tan bien y tan buenos, mis lágrimas a raudales, y mi tonta ilusión de que todo lo anterior ocurra. Y mis besos de madre, abuela, hija y mujer agradecida. Berta Colomer.
Son dos grandes, los adoro. Me encanta que escriban estas cosas de Solá y Oteyza. No les he visto todavía por motivos de salud, pero será mi primera salida, lo prometo, antes de que se marchen de Barcelona. Néstor
La obra me encantó porque no tiene ningún artificio, es puro teatro y los actores, estupendos y toca un lugar difícil de dominar si te dejas ir. Se me pasó en un suspiro. Y es muy original como va desarrollándose la trama. Mi novio acabó llorando como una Magdalena y yo también. Es una obra especial. La vi el jueves y sonrío y se me humedecen los ojos mientras escribo esto. Romy
El teatro no estaba lleno, quizás por la mitad, pero no como lo merecía esa función. Ella, deliciosa; él de una personalidad que se impone sin prepotencia: actor inmenso en su sencillez de modos. La obra, no llega a ser una obra cumbre, como el mismo personaje en calidad de autor lo admite, pero nos removió a todos. No amargamente, entiéndase, nos removió por la suma de lo que cada uno (lo hablábamos, luego, con amigos), ha sentido a lo largo de la vida por, con, al lado y en los brazos de su madre. La mía nos dejó hace poco tiempo y no hay día que pase sin pensar en ella; pero esta función de teatro, una sencilla ficción, me hizo sentirla nuevamente, oír su voz, recordar sus luchas para enderezarme cuando veía que el viento del mundo me iba a doblar, o romper. Reí, no soy muy demostrativo, en realidad: sonreí mucho, casi todo el tiempo; pero, a medida que el final se iba acercando me encontré llorando, como un niño, feliz por haber encontrado algo perdido. Recomiendo a todos esta pequeña cuota de ilusión, de magia, de ternura, de otra mirada al día a día. Nos pusieron en pie. Nos hicieron gritar ¡bravo! Y reír. Y llorar Y sentir. Y pensar. Y vinieron ellos hasta nuestra casa, a traernos una buena noticia, entre tanta mala. Felip
Esta es una historia de amor y agradecimiento, de lucidez y de búsqueda a tientas, de vida y de triunfo ante la vulgar muerte gracias a la magia del teatro. Es, de lejos, la más humana presentación teatral del año, porque va directo al alma para quien reconoce tenerla, y, para el que no, a la necesidad de ser reconocidos (los humanos) como algo más que la inmundicia con que se nos caricaturiza en los titulares de periódicos, revistas y medios audiovisuales. Creo que la gran mayoría somos más que eso y esta función nos alimenta eso que olvidamos a veces que somos. La he visto tres veces: en Logroño la primera y las otras dos en Madrid, por placer, y con distintos acompañantes que han quedado, como yo, prendados de esa forma sencilla de concebir un teatro que nutre, que no repele, que no abarata la vida ya en rebajas que llevamos. Y si a todo eso se le suma la gran capacidad por encima de la media de los actores, ya podemos aplaudir que el imponente buen gusto de vuestra ciudad les acoja; y yo, el poder verles allí por cuarta vez. Alem
No recuerdo haber asistido a una función tan delicada con los sentimientos. Encantadora en todo. Y clara como el agua clara. Actores de categoría, que lo dan todo y más, para un puñado de buenos espectadores que intentamos suplir con toda nuestra energía la escasez de manos para aplaudir. Todos emocionados, y quiero creer que todos, porque quien no ha disfrutado de tan honesto arte nació de un trozo de cartón piedra. Flores y sombreros al aire para esta gente estupenda que nos ha dejado con el alma sin peso y la sonrisa plena. Margarita.
La obra es formidable, te queda dando vueltas. Han pasado ya casi dos semanas y ahí está conmigo, o, entre mis pensamientos y yo. Lo dicho: con talento, échenme a los leones que solo me las apaño. Julio
Son de otro planeta. Hablan desde el corazón al corazón y no les da pudor hacerlo. Viví una noche formidable, plagada de recuerdos y de madre. Llegué a casa y me puse a escribir sobre ella, las anécdotas, me sorprendió la mañana y la felicidad de estar vivo. Gran obra, grandes ellos, actor y actriz, gran director. Y mi madre. Y yo. Berni.
Comentar que me encantó y que salí bastante emocionada es repetir lo que todos dicen aquí, pero, eso ocurrió conmigo. Parece, realmente, que el actor lo haya escrito para su madre, sales con esa impresión. Miguel Angel Solá hace suyo el personaje de tal manera que ya no sólo estás escuchando al adulto sino que vas viendo al niño, al adolescente y al joven dentro de la relación con su madre. En cuanto a Blanca Oteyza se supera con respecto al diario de Adán y Eva, que es mucho decir y tiene momentos antológicos. No soy de lágrima fácil, pero la obra me llegó a emocionar y salí del teatro con la sensación de haber visto teatro de verdad, no a actores de televisión o de cine actuando personajes que no sienten ni hacen suyos. Quienes quieran buen teatro, aquí lo hay a mares.
Fantástica noche de teatro.
‘Por el placer de volver a verla’. Colores de un gran amor.
CALIFICACIÓN: * * * * * por Anna Barjau
Dos únicos personajes, con toda una obra para brindarse el uno al otro. Descubriremos que son entrañables. Nana -Blanca Oteyza-, es, a la vez, el motivo del amor y de la nostalgia del otro, y madre de Miguel, ese otro -Solá-, el escritor teatral en busca de un tiempo pasado que no debe perderse.
Ella, reconoce él, ha sido su impulso hacia una manera de vivir, y es hoy su inspiración. Y va a contar el por qué, contándose a sí mismo y haciendo que ella se cuente. Ella, su madre, fue quien le enseñó a amar la lectura y el teatro.
Nada por aquí, nada por allá (como en “El zoológico de cristal”, pero con humildad y dicha), y de su manga de escritor ya consagrado, sale un único as, el del triunfo: ese que le regaló la vida por parto y por palabras.
Así de sencillo.
De ahí en más, la alegría de ser diferentes se adueña del escenario. Y de la platea.
Tras el arrollador éxito de “Hoy: el diario de Adán y Eva, de Mark Twain” -obra con la que reinventaron el amor para más de un millón y medio de espectadores, durante casi una década-, y tras un paréntesis no querido de tres años, vuelven a reencontrarse sobre un escenario, optando por un texto bello -lleno de gracia, ternura e inteligencia-, de Michael Tremblay, que logra hacer diana en el corazón de los espectadores.
Nuevamente bajo la dirección exquisita del también autor Manuel González Gil (Hoy: “El diario de Adán y Eva, de Mark Twain”), estos enormes actores nos ofrecen deliciosos fragmentos rescatados de la vida compartida por el propio dramaturgo y su madre.
Teatro dentro del teatro, dicen algunos, vida dentro de la vida, digo yo.
‘Por el placer de volver a verla’ nos presenta a un autor feliz de retorcerle el brazo a la mala muerte, y a una madre extremadamente fantasiosa -para que la vida no le doliera tanto, la excusa Tremblay-, y excesiva («hay razones que el corazón no entiende», excusaba a su vez don Shakespeare a los emocionales, y Nana es un ejemplo ejemplar) en su desaforada manera de “educar” al niño, “tratar de contener” al adolescente, o “ubicar” al nunca adulto Miguel. De esos diálogos, y por eso mismo, surge la risa franca del espectador, y, debido a otras situaciones, que no debo desvelar, la lágrima, tan franca como la risa.
El autor es consciente de que «alguien es único cuando logra despertar en el otro el placer de volver a verle». Pese sus rarezas, Nana es un poderoso imán, un delirio singular, un amoroso estado maternal en el que todo vale -menos el desprecio, la agresión, la indiferencia y la falta de respeto- para alejar el miedo de ser madre, que es la madre de todos los miedos. No importa cuanto deba caer en el ridículo por amar a ese hijo -a todas luces suyas indefenso- y protegerle de todo mucho más de lo necesario. Nana es una madre casi como todas las madres, aunque con un plus de excepcionalidad: su hijo, la ‘resucita’ transformándola en personaje, y la libra de las garras de una dolorosa, angustiosa y degradante muerte. Miguel no hace de Dios, pero propone a través del teatro rectificar ese error de Dios al habérsela llevado («Quiero irme como viví y no puedo. ¿Por qué esta angustia si todo ha sido ganancia?»), tan en sombras, a ella, que era toda luz. Aquí, en esta función, al igual que en Hoy: “El diario de Adán y Eva, de Mark Twain” no se hallarán rastros de conflictos, desgarros ni tragedias; sólo disfrutaremos de vitales sentimientos, retazos del alma humana que prefiere hablar en el idioma que le pertenece. En eso, tanto Oteyza y Solá como su director, suelen ir a trasmano de todo lo que se hace, entregándonos, además, un ejercicio teatral enorme y una mirada al interior de personajes aparentemente cotidianos, pero que ellos elevan por encima de la cotidianidad, para conducirlos, con cuidados únicos, por el camino del arte teatral.
La vida no es así, pero es mejor así. Me encantaron. Vuelvo el jueves. Celia
Tomo prestado este escrito para expresarme, porque si yo pudiera escribir algo bonito sobre esta obra más allá de mis limitados: “me encantó”, “me maravillaron sus actores” y “todo me pareció de una inmensa ternura”, lo haría así:
POR EL PLACER DE VER TEATRO. Por eso mismo. Porque no es un género que uno frecuente. Por descubrir si todo lo que te cuentan de una obra, en este caso, ‘Por el Placer de volver a verla’, es cierto o no. Por adivinar si realmente él, Miguel Ángel Solá, es tan bueno como aparenta ser, y ella, Blanca Oteyza, se come las tablas. Por entender que una y otra realidad son ciertas.
Por quedarte boquiabierto ante un monstruo de la escena como Solá, capaz de hacerte pasar de la carcajada y de la mueca feliz, abierta y sincera, al sobrecogimiento y al llanto. Por contenerte y no saltar al escenario para preguntarle al tipo cómo carajo es capaz de hacer esas cosas con una facilidad tan aparente que te deslumbra, aunque tras ella haya mucho, pero que mucho trabajo. Por contemplar lo feliz que es sobre el escenario, dirigiendo, sincronizando, conduciendo el ritmo de la obra con la mano de quien sabe que está ante amigos y que a ellos nunca podrá engañarles, porque a los amigos se les emociona, se les hace reír o llorar. Pero nunca se les engaña.
Por deleitarte con Blanca Oteyza, su alter ego. Tan inmensa, sin techo ni límites. Por reconocer que ha llegado a un momento en el que es capaz de replicar a Solá, que es mucho replicar. Por caer rendido ante su gracia, desparpajo, expresiones y cambios de reacción. Por no levantarte del asiento y espetarle, a voz en grito: “¡Dios, pero ¿tú sabes lo que estás haciendo?”! Por quedarte esperando su próxima salida, siempre mejor que la anterior, pero no que la siguiente.
Por no entender cómo es posible que Solá y Oteyza tengan un reducto tan limpio, pero a la vez tan pequeño, mientras la mediocridad se extiende a su alrededor. Por reclamar esos espacios para volver a encontrarte con la esencia de las cosas, tan sencillas y difíciles de hacer. Por emocionarte sabiendo que para hacerte pasar un buen rato tan sólo es necesario dos personas con ganas de eso, sin más alardes que ellos mismos.
Y que todo te lo agradezcan con un sincero, casi humilde, “gracias”.
Por darles las gracias. Por todo.
Y por el placer de volver a verles. Cuanto antes si es posible, por favor.
http://victorfernandezcorreas.com/2010/11/por-el-placer-de-ver-teatro/
Crítica del periódico La Gaceta:
POR EL PLACER DE REÍR Y LLORAR.
El escritor y pensador canadiense Michel Tremblay firma una obra divertida y dramática que emocionará al espectador.
Los dos actores encarnan admirablemente a sus personajes.
A pesar de que Por el placer de volver a verla concitara la atención necesaria del público durante la pasada temporada para permanecer en cartel mucho más tiempo, un desafortunado accidente doméstico sufrido por Miguel Ángel Solá, coprotagonista de la obra, obligó a la compañía a reducir considerablemente el número de representaciones.
Suficientemente recuperado ya para deslumbrar de nuevo al espectador con sus facultades interpretativas, el actor argentino vuelve ahora a meterse en la piel del que será, con toda probabilidad, uno de los grandes personajes de su carrera: un autor teatral que decide escribir y montar una obra con el único objetivo de homenajear a su madre, ya muerta, y poder recrear en la ficción la relación que tuvo con ella.
El escritor y pensador canadiense Michel Tremblay firma una obra divertida y emotiva a partes iguales que, lejos de lo que a priori pudiera suponerse, no basa su desarrollo dramático en el estiramiento de las inevitables situaciones trágicas y afectivas, sino en la fidedigna y lógica evolución de una relación materno-filial que se nutre de cotidianidad y de interacción sostenida.
Tremblay crea dos personajes, muy bien leídos por el director Manuel González Gil, que son la madre y el hijo por antonomasia. Y, en aras de esa universalidad, el autor teje una trama tan sencilla como impecable, en la que demuestra un dominio técnico en la construcción de los diálogos, en la dosificación de los afectos y en la belleza de las reflexiones. Solá, como si fuera coser y cantar, interpreta el personaje del autor, en una concatenación de escenas sin apenas transición, cuando es niño, cuando es adolescente y cuando es adulto. Verlo es una maravilla. Blanca Oteyza, por su parte, logra integrar admirablemente en su personaje todas las particularidades que definen a cada una de las madres que existen.
El resultado que podemos disfrutar es una memorable función donde todos los espectadores -y son muchos los que abarrotan la sala cada día-, sean de la condición social que sean y tengan la edad que tengan, ríen, lloran y se emocionan profundamente; porque todos, de alguna manera, se ven esa noche subidos al escenario. Raúl Losánez. LA GACETA. Calificación: * * * * *
POR EL PLACER DE VOLVER A VERLA.
Si Broadway hablara español, los luminosos con los nombres de Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza serían del tamaño XXL. Por suerte para nosotros la obra se representa en el teatro Amaya de Madrid después de haber recorrido con éxito gran parte del territorio nacional.
El autor de “Por el placer de volver a verla” es el canadiense Michel Tremblay y la obra es un magistral homenaje a la memoria de su madre. Utilizar un escenario para contar todo aquello que no le dijo en vida podría resultar un “pastelón” de no ser por el talento del autor que fabrica un texto lleno de aciertos. La dirección de Manuel González Gil y la interpretación de la pareja protagonista redondean una obra excelente.
Miguel Ángel Solá sale a escena en vaqueros y camisa azul que no se cambiará en toda la representación y se dirige a “la cuarta pared” como recurso narrativo enganchando al espectador desde el primer momento; salvo un buen texto, no necesita nada especial, es así de enorme. Puede hacernos creer que tiene once años, catorce, veinte… si se lo propusiera sería capaz de interpretar a Tarzán, Jane y la mona Chita y hacer perfectamente creíbles a los tres. Blanca Oteyza es esa madre a veces histérica, otras dulce, que encierra todas las madres en una. La madre amiga, compañera, cómplice y referente, como relación claramente edípica del autor. Su Nana es un bombón de papel, y ella, un marrón glacé de la escena.
La obra tiene todos los ingredientes para durar varios años como ya sucedió con “Adán y Eva”.
Gracias “por el inmenso placer de volver a veros”.
Publicado por Pedro Rubio en 11:38 AM.
http://milleches.blogspot.com/2010/11/por-el-placer-de-volver-verla.html |
Thursday, November 25, 2010
Hola, quería transmitir al Teatro Amaya y por supuesto a los actores Miguel Ángel
Solá y Blanca Oteyza mis felicitaciones por el resultado de la obra teatral
Por el placer de volver a verla. He tenido la suerte de llegar a verla en octubre gracias a que la volvisteis a representar y voy a tener la suerte de experimentar el placer de volver a verla y a verlos porque alargáis la representación hasta enero. Hay pocas cosas en la vida que te den tal sabor de boca como una buena obra de teatro, una buenísima interpretación y un mensaje hermoso y simplemente vital, como el de dicha obra: “alguien es único cuando crea en el otro el placer de volver a verle”. Gracias por poner voz, gestos y espíritu a los personajes que durante una hora y media me han hecho, sencillamente, feliz. Saludos, Alicia
Les vi en el Bergidum. Son una pasada y la función es una pasada. No os la perdáis ni por parto. ¡Qué bonita, qué bonita! Cuanta complicidad hay entre esos dos actores, te hacen reír, llorar y recordar cosas tan únicas. La ropa tendida al sol, los líos de la comida, las discusiones por tonterías, el olor a los libros que había en casa, las caricias y las collejas que abundaban por igual. Y el refugio de los brazos de madre, que sí hay una sola. Es bonita, bonita, como les decía. Es para los que tienen lo que hay que tener: cariño, ternura, respeto, sentido de lo que importa, audacia para admitir que somos un guiñapo de lloros interrumpidos por todo lo que se va y nos deja y no podemos hacer nada. Bueno, éste autor sí lo hace, en nombre de todos. ¡Ni por parto, ¿me escucháis?! Os va a reconciliar con muchas cosas. No me debéis nada. Juan
PURA VIDA. “Por el placer de volver a verla” es toda una vida, un bolero de madre e hijo, como un corazón escénico que late y bombea sentimiento. Que lanza al espectador a tantos lugares en común, que no hay tregua para la rutina. Porque la vida vivida es el presente encadenado de padres e hijos que serán padres e hijos que serán padres… Y así hasta el final de los tiempos. Sí, pura vida.
“Por el placer…” es un canto a al encanto del intento. A las frases que nunca se dijeron y que, por ese silencio sobrevenido, son las que de verdad cobran vigencia. Están presentes sin reproches, porque ese espacio en blanco que separa nuestras frases es una parte, igual de importante, del guión pendiente, siempre por escribir, que es la vida.
En “Por el placer…” hay teatro dentro del teatro, como ejercitado experimento que da la mano al espectador para que intuya, asista, al segundo que precede al momento en que comienza el acto de crear e interpretar. Pero, más que artificio teatral, hay sinceridad, esto es, artefacto teatral. Pocas veces la cuarta pared es tan del público sin perder el respeto esencial a los códigos del teatro. Casi nunca ocurre lo que pasa aquí: que el recurso artístico está al servicio de la historia y de los que la ven.
Blanca Oteyza pasa como un ciclón cálido que atraviesa la obra como ser reconocible. La madre habla. Ella interpreta lo inolvidable. Lanza al público la pelota de la memoria compartida. Reconstruye en cada butaca lo que algún día pasó para ser siempre presente. El espectador coge ese balón por encantamiento y bota con los recuerdos de los tiempos de la ilusión. El hijo escucha el porvenir.
La madre e hijo que son Blanca Oteyza y Miguel Ángel Solá reescriben la generosidad mutua que ya pasó y que solo volverá cuando otros vayan sumándose a la obra. Esto es el antes que Gil de Biedma retrató con aquello de: “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.”
Una historia de amor de esas que piden a susurros: reloj no marques las horas. Una historia de amor de madre. Una historia de puta madre. F. R. A.
TODO UN PLACER. Un abarrotado Teatro Palenque aplaudió la actuación de Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza.
Menos es más. Un buen ejemplo de ello es la obra ‘Por el placer de volver a verla’, basada en el texto de Michel Tremblay y bajo la dirección de Manuel González Gil y con Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza. Dos actores que brillaron sobre un escenario sin artificios y ante un abarrotado Teatro Palenque la noche del sábado.
El comienzo de la sesión ya fue distinto a lo habitual, cuando el propio Solá, antes de levantarse el telón e imitando el mensaje que llega antes de cada función, recordó a los espectadores que debían apagar sus teléfonos. Ni uno solo sonó durante toda la representación, que se prolongó durante más de una hora y media.
Solá fue el encargado de presentar y desnudar la personalidad de su mamá, a la que recuerda con nostalgia y a la que devuelve a la vida para ponerla frente al espectador.
Ya sea con su edad actual como con los once años que el personaje de Solá tiene cuando comienza a exponer sus recuerdos de la infancia, la historia engancha. Atrapan los sentimientos que unen a madre e hijo, la simpatía arrolladora de sus conversaciones sobre la tía Gertrudis y los libros «sin pies ni cabeza» que devoran ambos, o bien acerca de las travesuras del niño.
Es un teatro íntimo en el que el espectador se emociona al ser partícipe de esa cálida y tierna relación entre madre e hijo y al descubrir cómo marca ese contacto en el devenir del niño, que hereda el amor de su progenitora hacia la lectura y se embarca en la escritura hasta llegar a las tablas del teatro.
Una tierna historia de amor donde Solá y Oteyza desgranaron una historia llena de sentimientos con un desparpajo y simpatía que no cayó en la ñoñería ni en el drama, a pesar de conmover al espectador.
La fuerza de sus interpretaciones no hizo preciso recurrir a mucho más para llenar la velada, repleta de risas, sonrisas y, quizá, alguna lágrima, pero que, como teatro que es, hizo un guiño a la realidad y terminó, como mandan los mejores cuentos con un final feliz, el deseado por el hijo.
En Talavera, este final también fue feliz: para el público por lo que se llevó a casa después de asistir a esta magnífica representación teatral y, en el caso de los actores, se concretó en unos tres minutos de aplausos desde el patio de butacas y el anfiteatro. La audiencia reclamó su presencia varias veces sobre el escenario, donde no cesaron de sonar las palmas hasta que el telón cubrió de negro la sala. Lola Morán. La Tribuna de Talavera. Talavera de la Reina.
“Por el placer de volver a verla”, una, dos, tres….mil veces
La magia del teatro vuelve a hacerse realidad en el madrileño Teatro Amaya gracias a Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza.
El amor de madre (Nana), la admiración del hijo (Miguel) y su relación, desde la infancia hasta la muerte. Ese es el discurso narrativo de “Por el placer de volver a verla”, un camino salpicado de sentimientos universales, sensaciones cotidianas, encuentros y desencuentros, la pérdida, la memoria, la pena, la alegría.
Todo esto y (por suerte) mucho más es lo que nos ofrece esta expresión máxima de la genialidad del teatro, un regalo mágico gracias a tres inmensurables: Miguel Ángel Solá (el hijo), Blanca Oteyza (la madre) y Manuel González Gil (el director). Una cita ineludible de la que, por ahora, podemos disfrutar en el Teatro Amaya.
Una puesta en escena sin adornos (seis cubos que operarios convierten, allí mismo sobre el escenario, en un tren, una azotea o un salón… y un ciclorama que maneja el color de las emociones que durante casi dos horas invaden y seducen al espectador); un texto de Michel Tremblay y un único mensaje: el amor, tal vez la única razón que nos permite volver a quien ya no está, sentirlo, abrazarlo, hablarle, susurrarle, demostrarle cuánto nos duele su ausencia.
Una obra en la que volvemos a disfrutar de la ya sabida maestría de Miguel Ángel Solá, pero en la que, más que nunca, descubrimos a una Blanca Oteyza soberbia, grande. Y una ocasión más de contemplar su complicidad, la que les une en el día a día y la que les ha permitido, con su anterior obra, “El diario de Adán y Eva” robar el corazón a espectadores de aquí y de allá, de este y el otro lado del charco, durante diez años.
Por el placer de volver a verla
Una obra que ya lleva dos años por España, haciendo las delicias del público. 18-abril-2011 Mar Cárpena
“Por el placer de volver a verla”, una, dos, tres….mil veces | Suite101.net http://www.suite101.net/content/por-el-placer-de-volver-a-verla-una-dos-tresmil-veces-a49250#ixzz1KGZKeDeB
De pequeño mi madre me enseñó que en esta vida todo merece un esfuerzo, que nada viene por obra o gracia del espíritu santo, que en el futuro serás todo aquello por lo que estés dispuesto a luchar, que la familia es lo único que perdura y que el tiempo arrasa con el resto. Me advirtió que la gente viene y va, que hay que aprovechar el presente y sobretodo, que hay que querer, aprovechar cada momento y entender que los cambios vienen de forma tan intempestiva que apenas te da tiempo a saborearlos. Siempre me ha animado a soñar sin basarme en utopías, a buscar mi camino, luchar por lo que es mío y tener en cuenta que la satisfacción no sólo llega cuando se ha cumplido con las aspiraciones y deseos personales, sino también cuando se ha hecho feliz a los demás. Me ha acompañado durante todo mi proceso de maduración y ya ha advertido que siempre va a estar a mi lado.
Por eso entiendo a Michel Tremblay, dramaturgo y escritor canadiense que realiza un retrato apasionado de su madre en “Por el placer de volver a verla”, una obra que se representa en el Teatro Amaya de Madrid desde el pasado 24 de Marzo. Voy a intentar contar poco sobre ella puesto que, en este caso, lo más recomendable es ir al teatro a verla y, si ya se ha visto, volver otra vez. Quizás se puede decir que sólo hay dos personajes en escena que se quieren dentro y fuera de las tablas, que hablan durante casi dos horas sobre las relaciones humanas y tienen el atrevimiento de meterse sutilmente en la personalidad y la conciencia del público. Uno de ellos es un escritor que vive prácticamente en la ficción, como tantos de nosotros, para no hacer frente a varias dudas, indefiniciones y a su propio proceso de madurez. El otro es Nana, la mujer más importante de su vida, que lo acompaña durante los diez años que narra la obra con admirable valentía.
El texto de Tremblay es de una calidad narrativa impagable, explora las noticias que nunca vemos en los medios pero que existen, como la capacidad de soñar, la frustración, el amor y el olvido, a través de un discurso sobrio y definido que consigue que el espectador crezca viendo esta obra. La actriz Blanca Oteyza mantiene una interpretación rigurosa apoyándose en los cambios de vestuario, sus entradas y salidas del escenario y la interpretación exagerada que requiere su carácter. En mi opinión, su mayor mérito radica en haber universalizado su personaje, con el que consigue que se identifiquen todas las madres. Por otra parte, el actor argentino Miguel Ángel Solá pone el teatro a volar por encima del resto de la ciudad metido en la piel del escritor. Rara vez se puede asistir en el teatro al espectáculo de un actor como este, que mediante el contacto visual, los gestos y la voz, desprende un magnetismo que indaga de lleno en las frustraciones y la ambición de los que se sientan en el patio de butacas. Cómo extrañaba apasionarme por algo y dejarme llevar por un torrente interpretativo como este.
La crítica ha alabado la obra pero también hay un grupo de detractores que argumenta falta de acción, personajes que no evolucionan y que acaban por convertir la representación en repetitiva y perfectamente calibrada. Pero incluso los que hablan de un teatro a medida para las masas reconocen la inaudita habilidad para controlar los sentimientos del público, que se entrega al torrente escénico de sus dos intérpretes. Podría decirse que durante la función Solá hace malabares con las emociones, en esta obra que ha sido calificada de pura inteligencia emocional.
Domingo 10 de Abril de 2011 18:02 Guillermo Aroca http://www.doze-mag.com/index.php/vortice/577-michel-tremblay
El jueves 2 de marzo asistí en la Sala Trajano de Mérida a una interpretación sublime de Miguel Ángel Solá y de Blanca Oteyza, en la obra “Por el placer de volver a verla” de Michel Tremblay y dirigida por Manuel González Gil.
Una obra emotiva donde el amor de una madre es el hilo conductor de la obra. Se nos cuenta la relación de un hijo y una madre, Nana, mediante los recuerdos de momentos intensos que nos pasan en la vida.
La obra busca conmover al espectador y ciertamente lo hace, pasas por momentos de risas, complicidad, emoción y pena, acabas llorando. Una obra que despierta sentimientos, un viaje a lo más profundo el corazón humano. Muy interesante con una interpretación magistral.
http://www.gabifem.com/2011/03/por-el-placer-de-volver-verla.html
Por el placer de volver a verla… Y no me estoy refiriendo al título de la obra de Michel Tremblay que se representa en el Teatro Amaya. Hablo de la sensación que esta obra deja en el público una vez baja el telón. En realidad la pieza teatral no va de nada en concreto y sin embargo trata acerca de una figura esencial para todo ser humano: mamá.
El planteamiento es muy simple: un hombre que recuerda los momentos más significativos que pasó con su madre. Esta sencillez es la que ha caracterizado a las grandes obras de la Historia: los celos, un amor imposible, el instinto superviviente, la vanidad… La clave de una obra maestra, como dijimos cuando analizábamos Falstaff, nunca está en el qué, sino en el cómo. Y sin duda, Por el placer de volver a verla contiene todos los elementos para no pasar desapercibida en los próximos 300 años.
No ha habido un solo espectador que haya sido capaz de pensar en algo que no fuera la relación de un hombre, cuyo nombre siquiera es relevante, con su mamá. Con una mamá cualquiera, aunque en este caso sea la suya. Es magistral la manera en que universaliza el carácter de una madre sin pasarse a lo tópico, a lo manido. Solo voy a desvelar un mini-diálogo para que veáis lo que quiero decir. El hijo: “Mamá, tu receta de endivias con bechamel quedaría mejor si tuviera algo más del elemento que le da nombre al plato y menos del que lo adorna” La madre contesta: “¿Hay alguna cosa en 19 años que te parezca que haya hecho bien?”.
Dramática, exagerada, teatrera e incluso sarcástica como única forma de afrontar la realidad, resulta a la vez humana, protectora y leal. Constante en el apoyo, fiel en el cariño, cansina con la educación… Simplemente mamá. Miguel Ángel Solá interpreta con una versatilidad encomiable a su mismo personaje en distintas edades. Curioso ver cómo un señor de 60 años juega a ser un niño de 11. Asombroso cómo el público se prende en el juego y ve a un nene tratando de zafarse de una mamá enojada que lo reta por alguna travesura sin intención. Blanca Oteyza también interpreta bien a Nana, la madre. Mejora a medida que va avanzando la obra y acaba por convertirse en un personaje entrañable, frágil en su fortaleza y tierno en su inflexibilidad.
Emotiva, conmovedora, muy bien escrita y mejor dirigida, Por el placer de volver a verla es de esas obras que cualquiera que tenga una mínima sensibilidad artística no puede perderse. Nunca he creído en el día de la madre. Considero que la simple circunscripción del homenaje a una persona, sean enamorados, amigos o hijos, a un solo día es absurdo. Hoy he salido del Teatro Amaya pensando “qué buen regalo para mi madre. Qué forma tan apropiada de decirle que la quiero”. Ya sea para rendirle un pequeño homenaje el próximo 1 de mayo, o simplemente por el placer de hacerla feliz, id a ver con ella esta magnífica obra. Expresadle vuestro amor ayudados por esta obra de teatro y será la más bella de las verdades que podréis regalarle.
María Cappa. Publicado: 28-04-11. http://onceu.es/tiempo-libre/2968/Por-el-placer-de-volver-a-verla
Hay funciones que no deberían irse así como así de nuestras carteleras ni de nuestras vidas. Por el placer de volver a verla me ha hecho una pregunta que aún no logro responderme, pero que me pone en un estado de alerta feliz, y sigue removiendo en mi esto que soy con el alma puesta en lo que he sido y me reubica conmoviéndome. La he visto tres veces y volveré antes de que se vaya definitivamente. Lo siento, diga lo que diga quien sabe o no sabe de esto y sin querer entrar en polémica con nadie: esta función es fundamental para intuir el fin último del teatro. J. A.
Ayer tuve la oportunidad de presenciar la representación de la obra teatral “Por el Placer de Volver a Verla”, de Michel Tremblay, en el Teatro Amaya, de Madrid. Esta versión española, obra de la compañía Loquibandia, mezcla, hábilmente y de una forma muy inteligente, el humor y el cariño con la ternura y la tristeza. Sin duda un interesante ensamblaje de sensaciones y emociones simbólicas que tocan la fibra. Dirigida por Manuel González Gil e interpretada por Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza, nos encontramos ante una obra de teatro, dentro del teatro, en la que sus actores están inmensos. Concretamente, el argumento está basado en la historia de un reconocido autor teatral, -también director y actor-, que propone aceptar que “alguien” es único cuando logra despertar en el otro el placer de volver a verle. En este caso, para él, ese alguien es su desaparecida madre, a la que recuerda con cariño. La verdad es que llego tarde para recomendarla, porque justo hoy se baja el último telón. Si alguien está a tiempo de poder ir a verla, que no lo dude. ¡Os animo a que lo hagáis! Espero que tras el verano vuelva a Madrid o gire por el resto de España, ya que es una obra muy interesante. Aunque supongo que será complicado porque ya ha estado en teatros de casi toda España, como, por ejemplo, de Andalucía, Galicia, Canarias, País Vasco, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Asturias, Extremadura, Cantabria, Comunidad Valenciana, Murcia, Andalucía, Ceuta, etc. Por lo que si no es así, espero poder deleitarme con la actuación de sus actores en otra representación, próximamente. De hecho, hace varios años también pude ver otra obra de la misma compañía y actores: “El Diario de Adán y Eva”, de Mark Twain. En este caso fue en el Teatro Reina Victoria, de Madrid, “El Diario de Adán y Eva” también estuvo genial y salí con la sensación de que era una obra maestra.
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