Matisse 1917 – 1941

La trayectoria artística de Matisse puede dividirse en tres grandes períodos: el primeros desde finales del siglo XX hasta 1917, el segundo desde 1917 hasta 1941 y el último desde el 41 hasta la muerte del pintor en 1953. La presente exposición se circunscribe al período intermedio; el más largo y menos entendido de las tres etapas. Marcado por la sombra de la Primera Guerra Mundial y la premonición de la Segunda, este período tuvo dos mitades muy diferenciadas: la primera, los años veinte, se caracterizó por una creciente aceptación por parte del público y de las instituciones del arte moderno, un proceso del que Matisse fue, junto a Picasso, el protagonista principal y fue, precisamente para asumir esa centralidad para lo que decidió alejarse de París, aislarse en Niza y sumergirse en la investigación sistemática de las condiciones de la nueva pintura. La segunda mitad estuvo presidida por la crisis económica de 1929, la Depresión, las grandes tensiones sociales y políticas de los años treinta y, finalmente, la Guerra.

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Matisse 1917 – 1941 ” está compuesta por 74 pinturas, esculturas y dibujos procedentes de los fondos de unos cincuenta museos y colecciones particulares de todo el mundo. La mayoría de estas obras no han sido nunca expuestas en España

La exposición se vertebra en seis principales temas: “ Pintura y Tiempo “,se reúnen aquí cuadros hechos en los primeros años de Niza. Uno de los motivos dominantes es la ventana, una figura que desde el Renacimiento se ha venido considerando como paradigma de la pintura misma. Junto a la ventana, la música (aludida por medio del violín, un unstrumento que a Matisse le gustaba tocar) insiste en la reflexión sobre la creación artística. La luz del sur, que se refleja en el mar, ilumina una habitación, vacía unas veces, ocupada otras por lejanas figuras femeninas en reposo. En su quietud cristalina resuenan ecos de la pintura de Vermeer.

Paisajes, Balcones “, el recorrido de la exposición continúa con una sala dedicada a la exploración del espacio exterior a través de la pintura de paisajes y jardines, vistos a veces desde la altura de un balcón o una ventana. La distancia subraya la artificiosidad de la creación artística, la barrera insalvable que separa el arte de la vida.

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Intimidad y Ornamento “,en el tercer capítulo algunas naturalezas muertas se yuxtaponen a escenas de interior pintadas con las puertas o las ventanas cerradas. Las modelos se nos muestran, a veces, durmiendo. Flores, espejos, sedas y joyas atraen la mirada del pintor. En el arabesco del pincel se esconden tanto el deseo como el desmayo o la tristeza.

Fondo y Figura “, centrada cada vez más en la figura humana, la búsqueda pictórica de Matisse desemboca en el problema de su representación en relación con el fondo sobre el que la percibimos. Como había hecho ya en la primera década del siglo, Matisse interroga a Miguel Ángel; en alguno de los interiores pintados podemos reconocer la silueta blanca del Esclavo agonizando. El volumen y el peso de la figura, su corporeidad, combaten con la bidimensionalidad de un fondo sofocante. El pintor vuelve a la reflexión sobre el arte musulmán que, desde finales de la primera década del siglo XX, había sido determinante para su obra.

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Forma. El Desnudo “, el desnudo femenino es el centro principal de atención del pintor. El espejo que le ayuda a estudiar todos los problemas de la pintura, el paradigma mismo de su forma (y de la belleza a la que aspira). Matisse lo estudia de modo sistemático: en pintura, dibujo o escultura. En las mismas variantes que habían estudiado los escultores griegos: yacente, sentado o de pie. Para sorpresa de todos camufla frecuentemente su búsqueda con disfraces postizos y absurdos. Por debajo del trabajo obstinado discurren una inquietud y un desasosiego crecientes. En 1930, el registro cambia bruscamente. De la voz lírica de los interiores domésticos saltamos al contrapunto del desnudo monumental, heróico.

Une sonore vaine et monotone ligne”, en la segunda mitad de los años 30, Matisse refuerza su aislamiento e intensifica su dedicación obstinada a la pintura. Vuelve a la pintura de caballete, aunque dejándose contaminar por la abstracción. Sus figuras se nos presentan cada vez más absortas en sí mismas, más nocturnas e inalcanzables. El color se hace más incorpóreo  la forma se reduce a trazo, signo que fluye (” Une sonore vaine et monotone ligne “).

Donde. Museo Thyssen – Bornemisza. Pº del Prado,8

Horario: de martes a domingo de 10 a 19h. Los meses de julio y agosto permanecera abierta hasta las 23h (de martes a sábado).

Precio: 5€

Hasta el 20 de septiembre

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